No estamos Solari
Reflexiones en medio de la distopía y una defensa de lo público.
“La maffia es el sistema, el dueño del imperio, las corporaciones que gobiernan, y que gobiernan el mundo a través de la tecnocracia...”
Indio Solari (diciembre de 1986)
Este correo tendría que haber salido el domingo pasado pero no pude sentarme a escribir. La muerte del Indio me sacudió más de lo que hubiera imaginado y ese fin de semana no pude desprenderme de lo que sentí. Lloré desde el viernes hasta el lunes, martes y el miércoles también un poco. Pero el domingo fui a despedirlo a Villa Domínico. Fuimos con mi hermana, con quien compartí varios recitales, varias misas ricoteras. Las viví gracias a ella. Lo despedimos juntas, abrazadas y rodeadas de pueblo, de familias, de grupos de amigos, de gente ricotera, de fiesta triste, de orfandad, de cariño y de un movimiento cultural, social y político inédito en el mundo.
Gracias, Indio, por todo ❤️
Lo público, la comunidad
En el correo que escribí en octubre de 2024 hice una apología de una vida analógica. Ahí planteaba la necesidad de que hubiera más plazas para poder extender esas redes sociales -las que no dependen de dispositivos electrónicos ni de internet- y alejarse un poco de las redes socio-digitales. Es decir, tener más lugares públicos de encuentro con los otros, con la comunidad. Encuentros casuales, no planificados, espontáneos y no asociados al consumo.
Ya en ese momento estaba el dato de que alrededor de 350.000 personas de la Ciudad de Buenos Aires (lo que representa aproximadamente el 10% de la población) no tienen ninguna plaza ni parque a menos de 400 metros de su vivienda. Esta semana volví a escuchar sobre esto en la radio y conocí el concepto de las “plazas de bolsillo” (plazas que se hacen en lotes o terrenos pequeños distribuidos en distintos barrios). Este tipo de plazas, que empezaron a hacerse en ciudades como Londres, incluyen plantas nativas, bancos y lugares de encuentro. La lógica consiste en insertar pequeños puntos de uso público dentro de áreas densamente urbanizadas. Algo así quieren hacer un grupo de vecinos de Almagro que impulsa un proyecto similar en un terreno de Acuña de Figueroa y Guardia Vieja.
¿Por qué de pronto volví a pensar en esto? Porque lo que se vive en los encuentros con otros, en espacios públicos, no tiene comparación con lo que se vive y se siente al estar físicamente cada unx en su casa o departamento y conectar con otrxs exclusivamente a través de redes sociales digitales. Como hablábamos el viernes con Gala, en el cumple de Irina: estos otros vínculos están “algoritmizados”.
El fin de semana pasado, en Villa Domínico, se vivió una experiencia colectiva que muestra que no estamos solos. Somos muchos. Estamos juntos.
Lo mismo se vivió el 3 de junio. Un grito colectivo de NI UNA MENOS. Una marea de mujeres, de chicas, de familias y también de hombres y varones que empiezan a acompañar un reclamo (una lucha) que es de todxs.
En estos días leí por ahí una frase que decía algo así como que si se juntaban feministas y ricoteros/as podíamos recuperar las Malvinas. Puede ser. Es como esa frase que dice “si nos organizamos…”. Sin embargo, creo que la clase política no está a la altura de lo que se necesita en este momento. No convoca, no organiza, no conduce.
Toda esa energía, todo ese movimiento social y colectivo está desarticulado, dando una lucha diaria para conquistar sus propias batallas: llenar el plato de comida, pagar el alquiler, cuidar a su familia, sobrevivir e intentar -a pesar de las malas- pasar buenos momentos con los suyos, sonreír. Ahí aparece la música, el deporte, los mates, los asados, lo colectivo, la pasión y la intensidad con la que vivimos todo.
Como dice el Informe Mundial sobre la Felicidad 2026, elaborado por el Centro de Investigación sobre el Bienestar de la Universidad de Oxford en colaboración con Gallup y la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de la ONU, “si bien la tecnología incide en el bienestar, la fortaleza de las conexiones sociales y el sentido de pertenencia juegan un rol central en los niveles de satisfacción colectiva.”
Argentina quedó en el puesto 44. Bajamos 2 lugares, pero somos felices a pesar de todo porque no estamos solos y, si hay algo que nos caracteriza, es la intensidad y el orgullo que sentimos de ser argentinos.
¿Por qué defender lo público? Defender “lo público” (la educación, la salud, los espacios públicos, etc.) no es defender que todo siga como estaba, por más que algo estuviera mal pensado, mal diseñado, más implementado. Es defender lo que es común, visible y disponible para todos. Que la barrera del dinero, del capital, de lo productivo, de lo mercantil, no se imponga como lógica para definir quién puede acceder y quién no. Tiene que ver con defender y garantizar DERECHOS y con entender que una buena educación, un lindo barrio, una buena atención en salud, no puede resultar en un PRIVILEGIO para pocos.
Defender lo público, además, es hacernos cargo de que es algo nuestro, de todos, incluso aunque no sea este el momento en que lo vayamos a aprovechar.
En lo particular, como alguien que atravesó todo el sistema educativo público, y ahora desde el rol docente, este presente me duele no tanto por lo que me toca vivir a mí, sino por lo que vamos a sufrir como sociedad en el futuro.
En todo caso, si hay algo público que no funciona bien, el objetivo debe ser que funcione mejor, no destruirlo.
Volviendo un poco a las redes sociales analógicas, este cuatrimestre les insistí bastante a mis estudiantes (perdón por la intensidad) para que recurran a algo que en mi experiencia personal como estudiante fue muy enriquecedor: que se junten a estudiar. Les dije que el mejor “networking” iban a poder hacerlo ahí, en el aula, en los pasillos, con sus compañerxs, con sus docentes.
Eso no pasa (o no pasa con tanta fluidez; es un poco más forzado todo, más “algoritmizado”) en las redes socio-digitales. Aguante la presencialidad y las conversaciones espontáneas, los lazos que fluyen.
Como en los encuentros en la calle, en las plazas, en los clubes, en las canchas, en lo público, en comunidad.
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Defender la Democracia
Tomás Maldonado, en Crítica de la razón informática, un libro que me encanta y que recomiendo a cualquiera que quiera pensar cómo funcionan las comunidades virtuales, se preguntaba -a fines de los 90- si el ciberespacio era un espacio democrático.
Intenten por un minuto viajar en el tiempo. Estamos en 1998. Empieza a expandirse el acceso a internet de a poco. En mi caso, recién tengo conexión con dial-up y empiezo a descargar música usando Napster. Entro a foros como los de Altavista para hablar con personas que no conozco y que dicen ser de distintos países de la región. De pronto, todos podemos publicar nuestras ideas al mundo. Solo necesitamos una computadora e internet.
En ese momento, Maldonado, en su libro, dice lo siguiente:
“Se confía en que estas tecnologías estén en condiciones, en sí mismas y por sí mismas, de abrir el camino a una versión directa, o sea participativa, de democracia”.
Sobre esto, el autor plantea lo siguiente:
“Es un hecho que merece una atenta consideración, no sólo por las implicaciones de carácter teórico que suscita, sino también por los intereses concretos que moviliza: no se debe soslayar que este grandioso diseño es favorecido, además, por fuerzas económicas a las que es difícil reconocer una actitud receptiva en cuanto a la suerte de las instituciones democráticas. Aludo a las empresas multinacionales, inclinadas a menudo a anteponer, siguiendo una rígida lógica de mercado, sus propios intereses a los de la comunidad”.
Volvemos al 2026.
Ya sabemos la noticia de que Peter Thiel está en Argentina y el Ministerio de Capital Humano anuncia que va a implementar el Gemelo Digital Social, una herramienta de IA para “crear una réplica virtual de la dinámica social” (!). Su objetivo es integrar bases de datos (educación, salud, trabajo) para simular y predecir el impacto de políticas públicas antes de aplicarlas (!!).
Datos, métricas, algoritmos, “eficiencia”, sistemas opacos que no conocemos, empresas y personas opacas (y oscuras) que lamentablemente estamos conociendo muy de cerca. Tecnocracia. Medidas basadas en datos sin la participación humana y la sensibilidad necesarias para lo que se pretende hacer con eso. ¿Definir políticas sociales estrictamente a partir de lo que “predice” un sistema?
El miércoles pasado hablamos de esto con María Capurro Robles en Artilugios Digitales, nuestra columna quincenal sobre tecnología y derechos que hacemos en A qué vinimos (el programa semanal que conducen Ernesto Lamas, María Cabrejas y Cora Gamarnik por FM La Tribu 88.7).
Ahí mencioné un caso desarrollado en el libro de la matemática y especialista en ciencia de datos, Cathy O’Neil, Armas de destrucción matemática (en inglés, Weapons of Math Destruction) -de 2017-, en el que advierte sobre los riesgos de utilizar algoritmos opacos para tomar decisiones que afectan derechos y oportunidades de las personas.
El caso es el de la docente Sarah Wysocki, en el que se muestra cómo una decisión basada en un sistema algorítmico puede producir resultados profundamente injustos cuando se aplica sin transparencia ni posibilidad de revisión.
Wysocki era una docente de primaria de Washington D.C. muy valorada por directivos, colegas y familias. Sin embargo, fue despedida en 2011 porque obtuvo una baja calificación en el sistema de evaluación docente IMPACT, que asignaba un peso determinante a un algoritmo de “valor añadido” destinado a medir cuánto mejoraban los resultados académicos de sus estudiantes.
El problema era que el modelo intentaba atribuir el rendimiento de los alumnos exclusivamente a la acción docente, ignorando la enorme cantidad de factores sociales, económicos y personales que influyen en los aprendizajes.
Además, la evaluación se construía sobre muestras muy pequeñas y datos cuya calidad era cuestionable. En el caso de Wysocki, existían indicios de que los puntajes previos de algunos estudiantes habían sido artificialmente inflados por irregularidades en exámenes estandarizados, lo que hacía aparecer posteriormente una falsa caída en el desempeño de los alumnos y, por lo tanto, una supuesta ineficacia de la docente.
La injusticia no radicó solamente en el posible error del algoritmo, sino en la forma en que su resultado fue tratado como una verdad indiscutible. Ni la docente ni las autoridades escolares podían explicar con claridad cómo se había generado la puntuación, y tampoco existía un mecanismo efectivo para cuestionarla o apelar la decisión. Así, una evaluación opaca y automatizada terminó prevaleciendo sobre la evidencia aportada por la comunidad educativa.
Como relata O’Neil:
“Después de la terrible sorpresa de su despido (...) la contrataron en un colegio de un próspero distrito al norte de Virginia. La consecuencia final fue que, gracias a un modelo altamente cuestionable, un colegio pobre perdió a una buena maestra, y un colegio rico que no despedía a los docentes por las puntuaciones que obtuvieran sus alumnos ganó una.”
❓¿Cómo imaginamos una sociedad que define sus políticas sociales a partir de herramientas de IA?
Mientras tanto, el anuncio del Gemelo Digital Social generó una serie de acciones de control impulsadas por organizaciones de la sociedad civil y distintos sectores de la oposición. La Fundación Vía Libre presentó un pedido de acceso a la información pública ante el Ministerio de Capital Humano para obtener precisiones sobre el marco normativo del proyecto, las bases de datos involucradas, los mecanismos de toma de decisiones automatizadas, las evaluaciones de impacto en privacidad y derechos humanos, los proveedores tecnológicos y las medidas de seguridad previstas.
En el Congreso Nacional, los diputados Agustín Rossi, Nicolás Trotta y Juan Marino promovieron distintos pedidos de informes dirigidos al Poder Ejecutivo. Los proyectos solicitaron información sobre el funcionamiento del sistema, las fuentes de datos utilizadas, la legalidad de su implementación, los mecanismos de supervisión humana, las auditorías y evaluaciones de impacto, el presupuesto asignado y las garantías para la protección de datos personales. Asimismo, expresaron preocupación por los riesgos de perfilamiento, discriminación algorítmica, vigilancia social y automatización de decisiones que pudieran afectar el acceso a prestaciones sociales.
En particular, el proyecto presentado por Juan Marino profundizó los cuestionamientos sobre la posible participación de la empresa Palantir y sus vínculos con Peter Thiel, solicitando información detallada sobre eventuales reuniones, acuerdos, contrataciones o asesoramientos relacionados con el desarrollo del sistema, así como sobre los riesgos que una herramienta de estas características podría representar para la soberanía digital, la privacidad y los derechos fundamentales de la población.
Además, se promovieron acciones de hábeas data ante la Justicia Federal y pedidos de citación a la ministra Sandra Pettovello para que brinde explicaciones públicas sobre el alcance, funcionamiento y salvaguardas del proyecto.
⚠️ El gobierno todavía no respondió ninguno de los pedidos de informe y la Justicia Federal rechazó el hábeas data colectivo.
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